Villa Rica del Espíritu Santo debe su fundación
a la necesidad de defender las posesiones españolas de las
invasiones de los indígenas mamelucos provenientes del Brasil.
En cuanto a su nombre, le fue impuesto por su fundador Ruy
Díaz de Melgarejo en la creencia de que en sus cercanías
había ricos yacimientos de oro y plata, y considerando que
la fecha fundacional coincidía con la festividad del Espíritu
Santo. Pero lo curioso de esta historia radica en la cantidad
de éxodos poblacionales (siete en total) que determinaron
los traslados de la ciudad desde la región del Cuarajhyberá,
donde se fundó, hasta la próspera y bella zona del Ybytyruzú,
donde se encuentra definitivamente asentada.
LA
CIUDAD VIAJERA
Con el fin de evitar los ataques que los portugueses perpetraban
contra los indios carios de la región, en 1556 (0 1557,
según Blas Garay) Ruy Díaz de Melgarejo (1509-1602) militar
y colonizador oriundo de una pequeña aldea de Sevilla fundó
la Ciudad Real, cinco leguas arriba de Salto, en la boca
del Pikysyry. Posteriormente, las noticias acerca de la
existencia de minas de oro y plata en las tierras del cacique
Cuarajhyberá motivaron al mismo Melgarejo a fundar, el 14
de mayo de 1570, la ciudad que bautizo con el nombre de
Villa Rica del Espíritu Santo. Pero debido a la imposibilidad
de frenar la constantes invasiones paulistas bandeirantes,
la población de la ciudad debió trasladarse 20 leguas al
Oeste, y en 1592 se desplazó 100 kilómetros al Este, posteriormente,
en 1599 quedó ubicada muy cerca del Mbotetei, a 100 leguas
de Asunción. Luego de unas tres décadas de pacífica y laboriosa
existencia, la población sufrió en 1632 una nueva invasión
de los mamelucos, por lo que fue evacuada, y luego de cuatro
años de peregrinación acampó en las cercanías del Mbaracayú,
para ubicarse más tarde, en 1634, en los campos de Yaru.
En 1642 la población sufrió un nuevo éxodo hacia Curuguaty
relata el catedrático Artemio Franco Preda y dos años después
el núcleo se dividió en dos grupos: el de Jejuí, llamado
Villa Rica del Espíritu Santo, y el de Talavera del Rey,
que se estableció en las cercanías del río Ypané. Dos décadas
después se fusionaron ambas poblaciones, estableciéndose
en los yerbales del Mbaracayú". Pero parecería que este
núcleo poblacional llevara sobre sí el estigma de la persecución
y la inquietud, ya que en 1662 evacuó esas tierras para
asentarse en las orillas del río Curuguaty, donde sus integrantes
alcanzaron un alto grado de prosperidad y bienestar. Sin
embargo, el sosiego y la bonanza durarían tan sólo una década.
En 1674 partió de San Pablo una expedición cazadora de indios,
conducida por Francisco Pedrozo, que, luego de cruzar el
Paraná, asoló las tierras situadas entre Guarambaré, Atyrá
y otros pueblos vecinos de villa Rica. Ante esa situación,
el gobernador de Asunción partió en su auxilio, pero ya
los pobladores de la ciudad se habían dispersado, buscando
protegerse de los temibles invasores... El nuevo desplazamiento
de los villarriqueños se orientó hacia la búsqueda de una
nueva radicación, que recién pudo afirmarse en 1678, cuando
llegaron a una zona cercana al río Tobatiry, llamada Espinillo.
Pero como el lugar no era apto para la agricultura y carecía
de agua, la exploración continuó hasta encontrar una región
fértil en las inmediaciones del Ybytyruzú. El lugar elegido,
una colina situada a 180 metros sobre el nivel del mar,
reunía las condiciones buscadas y resguardaba a los villarriqueños
del permanente acoso de mamelucos y bandeirantes brasileños.
Fue así que, merced a una real cédula emitida el 14 de marzo
de 170l, quedó aprobada la definitiva fundación de la "ciudad
viajera" después de un largo y penoso peregrinaje. "En esa
cuna -nos dice el profesor Ramón I. Cardozo- fue arrullada
por los ronquidos del Canendiyú coloso y hoy reposa riente
en las auras del Ybytyruzú".